Durante años, ahorrar fue sinónimo de guardar. Separar una parte del ingreso, protegerla y esperar. Hoy, ese concepto se ha quedado corto. Cada vez más personas quieren que su dinero no solo les proteja, sino que transforme. Buscan resultados financieros, sí, pero también efectos visibles en su entorno. De esa evolución nace la inversión de impacto: un modelo que une rentabilidad y propósito.
Y no es una moda pasajera. Según el Global Impact Investing Network (GIIN), los activos gestionados bajo criterios de impacto alcanzaron 1,57 billones de dólares en 2024. En España, el SpainNAB y Esade sitúan el volumen en 1.517 millones de euros, con un crecimiento sostenido año tras año. Son cifras que confirman una realidad: el ahorro ya no se conforma con estar quieto: quiere moverse y producir un efecto real.
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